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  • 40.- Otra vez de médicos

    Ya estamos otra vez de consulta en consulta, es un aburrimiento. Roberto se ha empeñado en que estoy deprimida; lo que estoy es harta. Harta de todo, de los que me rodean, de mi impotencia, de la vida misma.

    El caso es que me han recetado varias cosas que debo tomar para ver si recobro el ánimo. Y Roberto me coloca un trasto en la cintura cada vez que voy a por el pan, para que no me pierda, dice él. Yo me dejo hacer porque ¿qué importa ya?

    He vuelto al neurólogo pero no me ha explicado nada de forma clara, creo que voy a peor pero eso ya era lo esperado, ¿qué otra cosa puedo pretender del alzhéimer?

    Reconozco que tengo suerte, que mi marido está volcado en mi bienestar y se interesa por todo lo relativo a esta enfermedad para tenerme bien atendida. Pero el pobre… no nos merecíamos esto. Teníamos tantas ilusiones de viajar cuando llegara la jubilación… A ver si se me quita este desánimo y podemos todavía hacer algo.

    39.- Prevenir males añadidos

    Creo que Elena tiene depresión. Está muy aplanada, indiferente a todo y llora sin cesar. He acudido a AFALcontigo por esto y para preguntar también qué hacer para que no se vuelva a perder.

    Respecto a la depresión, me han dicho que se puede corregir y me han recomendado que acuda a un psiquiatra para ello, que son los que manejan estos fármacos, aunque también podría ser el geriatra, que tienen mucha práctica en las demencias. Ya veré cómo lo hago.

    Respecto a la desorientación y el riesgo de pérdida, me han enseñado unos localizadores por GPS que se le pueden colocar, en forma de reloj o bien como una pastilla que va en el cinturón. Lo fundamental es que ella no se lo pueda quitar porque si puede, se lo quitará. Estos terminales para alzhéimer llevan una llavecita que impide que el usuario se libre de ellos. También podría ponerle una medalla o pulsera con sus datos pero eso es menos seguro porque se lo puede arrancar y además no cuentan con la ventaja de la localización a distancia por GPS. No son demasiado caros, así que prefiero adquirir uno y tener así un poco más de tranquilidad.

    38.- Horas bajas

    No estoy bien, no. Me siento fuera de juego, alborotada, ansiosa, sin sosiego. No sé qué va a ser de mí.

    He dejado del todo el gimnasio; no me apetecía ya entrar ni siquiera en la sala de musculación. Siento que voy dejando por el camino todo lo que hace nada me interesaba y me hacía feliz; me voy deshaciendo poco a poco de mi vida hasta quedar en el puro esqueleto de mi existencia.

    Sigo yendo al grupo de AFALcontigo, que eso sí que me gusta, pero en casa siempre tengo ganas de llorar y nada me interesa. He perdido la alegría de vivir y ya ni mis nietos, que son lo que más quiero, consiguen levantarme el ánimo.

    Si mi futuro va a ser la incontinencia, la dependencia total, la incomunicación, no lo deseo, renuncio, no quiero vivir así. Qué asco de vida. Con lo feliz que yo he sido…

    37.- Un buen susto

    Ya estamos de vuelta en casa, en nuestra tranquilizadora rutina diaria. El viaje ha sido muy emotivo para Elena, se lo ha pasado de maravilla, en general. Y digo en general porque también hemos pasado un susto grandísimo.

    Ella quería recorrer todos los lugares que habían sido habituales para nosotros cuando veraneábamos en Cambrils e iba buscando tiendas y supermercados que le resultasen conocidos con un alborozo casi infantil. El caso es que en un momento en que yo me detuve a comprar el periódico, se perdió.

    La llamé al móvil pero debía de tener la batería agotada. La busqué, sin alarmarme, por la zona en que la había dejado pero al cabo de una hora de dar vueltas ya empecé a a asustarme. Fui a donde habíamos aparcado el coche, entré en cada tienda, en cada bar, volví al apartamento por si había vuelto allí. Y no la encontraba.

    Después de cuatro horas de desasosiego sin saber qué hacer, me llegué a la policía local en busca de ayuda. Ellos se pusieron en marcha enseguida y me tranquilicé un poco. Eran ya las 20.30 h. y temía que llegara la noche. ¿Por qué no pedía auxilio a alguien, por qué no preguntaba por la calle en que teníamos el apartamento, cómo era posible perderse en una localidad pequeña? ¿Y si había salido de Cambrils, y si había sufrido un accidente, y si…?

    Al fin, los mossos d´esquadra la encontraron, gracias a la descripción que les di, en el muelle, sentada en un banco mirando los barcos. Estaba pasmada mientras venía hacia mí pero se puso a sollozar entre mis brazos. Todavía un poco aturdida, me contó lo mal que lo había pasado. Al parecer, hubo un momento en que no sabía nada de dónde estaba, ni calle ni pueblo ni nada, como si se encontrara en una espesa niebla. Tengo que preguntar sobre esto en AFALcontigo  porque me horroriza que vuelva a ocurrir.

    36.- Paseos frente al mar

    Querida Teresa:

    No te imaginas lo bien que me lo estoy pasando en Cambrils. ¿Te acuerdas de que veníamos en verano con los niños? Creo que tú nos acompañaste un mes de agosto, aunque creo que el calor te resultó incómodo, acostumbrada al clima norteño.

    Hemos alquilado un apartamento para estar a nuestro aire y estamos recorriendo los lugares de antaño, tan queridos.

    No podemos meternos en el agua porque todavía está fría pero sólo sentarse en la arena y mirar cómo se mueve el mar es relajante y un verdadero placer. Vamos a ver si hay algún chiringuito de playa que haya abierto para este puente de primavera y comeremos allí, una paella, si es posible.

    Qué bueno es vivir en una localidad que tenga mar. Recorrer despacito el paseo marítimo… Caminar en la suavidad de la noche, dejándose acariciar por la brisa… Hasta la mirada se vuelve azul.

    Bueno, hermana mía, muchos besos desde este lugar de ensueño.

    35.- Maletas, mar y alegría

    Cuando he llegado a casa, Elena me ha recibido muy contenta. Había estado todo el día preparando listas y montones de cosas para la maleta. Para cinco días había reunido 10 mudas, 6 pantalones, una torre de jerseis, tres pijamas, un anorak, cazadoras, chaquetas, varios pares de zapatos y botas y hasta gorros de lana. Estaba esperando mi llegada para que bajara las maletas, casi dando saltos de alegría. Cuando le he dicho que era demasiado y que había que escoger ropa más propia de la primavera, me ha mirado como si yo fuera tonto. No ha habido forma de convencerla de que la mayoría de las cosas no eran necesarias. Ante su insistencia, yo me he enfadado y he levantado la voz; ella se ha puesto a gritar y hemos acabado en una batalla de gatos rabiados. Entonces, ha cogido los zapatos, me los ha lanzado y se ha sentado en la cama entre los montones acumulados, defendiendo su castillo textil con la fiereza de un guerrero medieval.

    Con el mal trago, no me apetecía ya ni cenar. Le he hecho a ella una tortilla y una ensalada de tomate y se la he puesto en la mesa, para cuando se diera cuenta de que no estaba sufriendo ningún asedio por mi parte.

    Al terminar la película que me he puesto en la televisión, he entrado al dormitorio y he visto que se había quedado dormida. He recogido todo lo que ella había sacado y he compuesto una maleta con un contenido razonable, que he dejado abierta. He tenido que despertar a Elena para animarla a cenar y entonces ha visto la maleta ya preparada. Y me dice:

    -¿Ves?, ¿te das cuenta de cómo soy perfectamente capaz de hacer una maleta? Anda, ciérrala y vamos a cenar.

    Y, francamente, me he reído. Hay que ver lo que tiene uno que aprender sobre el alzhéimer.

     

    34.- Nos vamos de puente

    Roberto me ha hecho caso y este puente nos iremos a un apartamento que hemos alquilado en Cambrils, en Tarragona. Recordaremos nuestros veraneos allí con los niños, las comidas en los chiringuitos de la playa, la suave arena, el agua azul y templadita; o sea, una gozada. Voy a ponerme a organizar el viaje.

    Foto Pablo Ferreira

    Foto Pablo Ferreira

    La maleta… tengo que decirle a Roberto que la baje del altillo. Llevaré… bueno, llevaré ropa, claro, y… lo mejor será que haga una lista con todo lo necesario y lo iré poniendo en un montón.

    ¿Cuánto nos va a costar este viaje? Tendré que sacar dinero, no sea que nos pase algo y… Vaya, qué complicado. Pero voy a ponerme a ello enseguida.

    33.- Nuevas dificultades

    Afortunadamente, Elena nunca se ha ocupado de nuestros asuntos económicos familiares, siempre le ha parecido aburridísimo. Yo soy el que lleva la gestión de los bancos, la declaración anual de impuestos, el cuidado de las facturas y recibos, etc., así que por esa parte no hay peligro de los errores y descalabros económicos que suelen producir las personas con demencia cuando ya no son capaces de hacerse cargo de estas cuestiones pero que siguen llevándolas a cabo. Sin embargo, Elena ha salido hoy a comprar leche y pan, con 50 euros en el monedero y ha vuelto con una moneda de 2 euros.

    Le he preguntado qué ha hecho con el resto y sólo me ha contestado:

    -Esta es la vuelta, ¿qué más quieres?, aquí traigo la compra.

    - Pero, Elena, deberías traer mucho mas. ¿Cómo has pagado?

    - Me he aturullado y le he dado el monedero al tendero para que él se cobrase. ¿Es que está mal?

    Y se ha echado a llorar con un desconsuelo que me ha partido el alma. Con besos he secado sus lágrimas y las mías. He hecho una comida sencilla y, solos los dos, hemos comido en silencio. Ella ha recogido la cocina, se ha puesto a ver la televisión y, afortunadamente, ha olvidado pronto el incidente.

    Desde mi sillón, la miro y me esfuerzo por ver a mi mujer, por fotografiar mentalmente  instantes felices, o al menos plácidos, que sé que van a desintegrarse por causa del alzhéimer. Para poder volver con la imaginación a estos momentos, malos, pero mucho mejores de lo que el futuro me depara. Si al menos permaneciera su amor…

    32.- Pequeñas renuncias

    En el gimnasio todo va bien mientras hago cinta, bicicleta o pesas a mi aire pero en clase de pilates ya no va tan bien. No sé exactamente qué pasa pero la monitora me corrige constantemente y creo que me está tomando manía, y el resto de las señoras me miran con cierta irritación. Me está ocurriendo como en la clase de inglés. Está claro que ya tengo dificultades serias para integrarme en una actividad estructurada a nivel normal, está claro que ya no soy normal. Me rebelo contra esta idea destructiva pero, a la vez, intuyo que ha comenzado para mí una etapa de despedida de algunas cosas que han formado parte de mi vida de la forma más natural. ¿Por qué seremos así, por qué no somos capaces de apreciar lo bueno que tenemos, minuto a minuto, y gozar de ello en vez de sólo añorarlo cuando lo hemos perdido?

    El alzhéimer que yo siento es como un vértigo al borde de un precipicio insospechado y como una niebla en un camino cotidiano.

    No voy a contar a nadie mis cuitas en la clase de pilates, sólo me daré de baja en esa actividad. No quiero alarmar a mi familia y Roberto no se meterá en esta decisión; más bien creo que le tranquiliza que yo vaya cortando amarras con las cosas que me alteran. Su temor ante el futuro es hermano del mío; ambos anidan en mi corazón.

    31.- Todo en regla

    Ya hemos ido a todos los especialistas para la revisión de Elena, incluido el del oído. Por cierto, este último ha sido el que más le ha costado porque se ha liado un poco a la hora de detectar los sonidos del diapasón. El médico ha quedado un poco confuso con sus respuestas, sin poder decidir si se trata de una pequeña pérdida auditiva o más bien es fruto de su deterioro cognitivo. Yo creo que se trata de su falta de capacidad mental más que de sordera porque no le noto nada cuando estamos ante el televisor, que es cuando más me podría llamar la atención.

    El dentista encontró una caries y aprovechamos para eliminar este problema, además de realizar unos curetajes y una limpieza de boca. En general todo bien.

    Me alegro de haber hecho todo esto porque la libro de un riesgo añadido al alzhéimer, como son los fallos en los sentidos. En AFALcontigo me dijeron que cuando vemos que una persona con alzhéimer no es participativa en las sesiones de psicoestimulación en ocasiones se debe a que no oye bien o no ve bien. En el caso de los mayores, esto es frecuente. Igual que cuando se trata de niños, supongo. Es el problema de la incomunicación, el peor que trae consigo esta enfermedad.

     

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